
Vuelvo con uno de mi post ombligueros, es decir, yo conmigo misma.
Ayer fui al masajista porque mi contractura del cuello y la de la espalda ya no me daban más margen de maniobra que el preciso. El pobre hasta puso carita de susto al tocarme (¡prometo que me duché! así que fue por el estado de mi cuello...) y allí tumbada me dio por pensar en la vida del masajista:
Punto 1. Estoy convencida de que al final se les borran las huellas dactilares de tanto usar las manos...
Punto 2. Desarrollan una fuerza descomunal en el tronco superior, tipo El Increíble Hulk, y aún se parecen más a él con esa serie de aceites y potingues que son ya como parte de su piel.
Punto 3. Llegan a saber tanto de la vida de sus clientes como el psicólogo, pero no tienen que "guardar secreto profesional" ¿o sí?
Punto 4. Tienen que aguantar ese "me duele aquí, me duele allí", aunque eso es igual que otros aguantamos el "hay un marrón" (veáse la palabra Pufo, en lugar de marrón o brown", que últimamente me rodea ;-).
Punto 5. Podrían hacer un catálogo de sujetadores y marcas con los ojos vendados. Supongo que no tendrán ningún problema al regalarle uno a su chica, porque todos los han visto puestos...
Punto 6. Si les duele la espalda ¿se pueden dar masajes ellos mismos?
Y podría seguir, pero a medida que leo lo que escribo decido que será mejor que vaya por un cafelito, me despierte y me tome algo para los dolores de cuello de hoy que, sin duda, son peores que los de ayer pero seguro que mejores que los de mañana... Y es que tengo un masajista de lo más apañao...